ZONAS TEMPORALES
ESPACIOS ALTERNATIVOS O TERRITORIOS DE CONTROL SOCIOESPACIAL?
Alessandro Petti

Dedico este texto al millón y medio de palestinos de Gaza que, al cabo de unos días de un aislamiento total, sin luz, gas ni comida, derribaron los muros que los mantenían prisioneros y atravesaron la frontera de Rafah.


A lo largo de los años noventa, en varias ciudades europeas nació la conciencia de que las áreas que no eran objeto de proyectos urbanísticos, los vacíos urbanos, los terrains vagues no eran lugares muertos o simplemente abandonados, sino áreas que podían acoger modos de vida emergentes, de alguna forma alternativos a los propuestas por la ciudad oficial. Paralelamente a la consolidación de la ciudad formal, la atención de los investigadores se ha ido desplazando cada vez más hacia aquellas zonas de la ciudad a donde aún no han llegado los proyectos, hacia zonas provisionales con la posibilidad de activarse o desactivarse según las necesidades. Un tipo de arquitectura ligera que puede entrar en acción sin esperar los largos períodos de tiempo que requieren los planes urbanísticos, capaz de encontrar soluciones prácticas a problemas contingentes. Berlín es quizá la ciudad que más ha encarnado este recorrido doble: por una parte la promesa de una nueva ciudad construida a través de grandes proyectos de reestructuración urbana y, por otra, en cambio, una sabia microtransformación informal que ha aprendido a aprovechar las demoras, los vacíos y los huecos dejados por la planificación oficial. Tras la caída del muro, la ciudad ofrecía una gran cantidad de lugares que la ciudad formal no logró llenar, una difusa cantidad de vacíos que esperaban ser llenados. Es en estas zonas donde han encontrado lugar algunas prácticas informales. En lugar de considerar los espacios vacíos solamente como espacios que esperan un futuro mejor, han sido pensados y utilizados para actividades temporales alternativas o complementarias respeto de la ciudad proyectada y formal; es así como han surgido nuevos espacios colectivos, jardines locales, casas de bajo consumo energético. Como en el caso del Toddesstreifen, la llamada «franja de la muerte», antes utilizada como un lugar inhabitable e intransitable de separación y después de la caída del muro «ocupada por grupos anarquistas que veían en aquel territorio liberado el lugar más adecuado para poner en práctica un sistema de vida construido desde abajo y alternativo al capitalista y consumista.»1 A lo largo de los años noventa, estas prácticas de uso temporal de los lugares se difundieron ampliamente por toda Europa y en Estados Unidos. El paradigma de lo temporal se ha consolidado como el espacio de lo posible, como un espacio dotado de su propia autonomía y legitimidad, y no solo, pues, como un espacio que espera ser objeto de un proyecto.

Hoy, a distancia de algunos años, este tipo de espacios y prácticas han sido del todo englobados en las prácticas de gobierno oficiales. En el mejor de los casos, se han convertido, por decirlo en el argot de los planificadores, en unas «buenas prácticas de gobierno», y de hecho han perdido, pues, el aspecto quizá más interesante e innovador, la no programabilidad de acontecimientos y situaciones, lo cual hacía de estos lugares lugares alternativos a la ciudad oficial. Como una especie de maldición, a pesar de las mejores intenciones, en el momento en que estos lugares son «descubiertos y organizados» por la cosa pública, despacio e inexorablemente pierden la vitalidad que los caracterizaba. Así, en la mayoría de los casos, la obsesión y la paranoia por la seguridad han transformado el paradigma de la temporalidad en una verdadera estrategia de control y represión, todo lo contrario de aquello para lo que habían nacido. Los espacios temporales, en su carácter excepcional y alternativo al sistema de normas instituido en la ciudad, se han convertido en el instrumento espacial y jurídico con el que controlar y reprimir todo estilo de vida considerado «peligroso».

En este sentido, es interesante comparar la forma en que algunas ocupaciones temporales pueden transformar de manera completamente diferente un estadio en Varsovia y en Bari. En 1955 se construyó en Varsovia uno de los estadios más grandes de Polonia, que, a lo largo de los años ochenta, se transformó en un gran «mercado fuera de la ley», que podía ofrecer productos a bajo coste. Se establecieron en él más de 4.500 empresas, que dan trabajo a más de 20.000 personas. Hasta hoy, los intentos de las autoridades por trasladar el mercado a otro lugar han sido en vano.2 Este aspecto de utilización con prácticas alternativas, en la frontera de la legalidad, de soluciones temporales pero que después se convierten en permanentes, se reflejan en transformaciones semejantes pero de signo completamente opuesto. En Bari, en agosto de 1991, unas 20.000 personas llegadas de Albania en embarcaciones improvisadas fueron encerradas en el estadio San Nicola, convertido por unos días en un verdadero campo de concentración, antes de ser deportadas a Albania. De hecho, este episodio abrió el camino hacia la institucionalización, en Italia, de los centros de estancia temporales, lugares donde recluir a individuos considerados en número excesivo, peligrosos o simplemente superfluos.

La paradoja de estos lugares es contenida en su mismo nombre, «centros de estancia temporales»,3 que en realidad explicita la verdadera matriz escondida de gobierno socioespacial, en el que la provisionalidad se transforma en retórica para justificar la institución de lugares que en condiciones normales estarían simplemente fuera de la ley. Lo temporal se convierte en una excepción permanente. Estos lugares están como suspendidos y separados de la ciudad que los rodea, y las personas que están recluidas en ellos han sido desposeídas de sus derechos reconocidos en el ordenamiento jurídico por el que se rigen. Los centros de estancia temporal son unos expedientes juridicoespaciales para dejar en suspenso los derechos reconocidos en la Constitución italiana (derecho de residencia) y en las leyes internacionales (derecho de asilo y derecho humanitario).

Así, pues, el paradigma de las temporalidades ya no es solo una práctica informal y desde abajo, sino también un instrumento utilizado cada vez más como una forma de control y gobierno policial. No es utilizado solamente como un instrumento de «gestión del espacio de la inmigración», sino que también erosiona los derechos de los ciudadanos. Un claro ejemplo de ello ha sido el G8 de Génova, en que el centro histórico, lugar tradicional donde históricamente los ciudadanos europeos han visto reconocidos sus derechos, fue «temporalmente» suspendido del ordenamiento espacial y jurídico al cual pertenecía. En efecto, el plan de seguridad, preparado desde 1999, preveía una partición biopolítica especial, la división de la ciudad en varias zonas en las que fueron suspendidos los derechos reconocidos por la Constitución italiana: a) zona roja, de máxima vigilancia, a la que se prohibió todo tipo de acceso y toda forma de discrepancia, y en la que todos los ciudadanos residentes fueron fichados según su presunta peligrosidad; b) zona amarilla, una especie de buffer zone entre la zona roja y la ciudad, en la que se establecieron otras prohibiciones, tales como la de manifestarse públicamente. La zona representa una condición de temporalidad que, en nombre de la emergencia, puede transformarse fácilmente en permanente y cuyas verdaderos raíces políticas y espaciales se hunden en la noción de campo de concentración. En efecto, Agamban define el campo como «el espacio que se abre cuando el estado de excepción empieza a convertirse en la norma. En éste, el estado de excepción, que era esencialmente una suspensión temporal de la ordenación sobre la base de una situación ficticia de peligro, adquiere una disposición espacial permanente que, como tal, queda, sin embargo, constantemente al margen del ordenamiento normal».4 El modelo de Génova se ha reproducido en Praga, en Niza, en Nápoles, en Gotemburgo, en Davos y en todos aquellos lugares donde se hace necesario el control de la disidencia y del conflicto social.

Hemos partido de la descripción de las zonas temporales como espacios liberados y, con Agamban, hemos llegado a la definición de campos, espacios en suspensión en la ciudad contemporánea, en los que la excepción se convierte en permanente y el ser humano se ve reducido a la vida desnuda, a ser alguien desprovisto de derechos. El nacimiento del campo es capaz de poner en crisis la propia idea de ciudad como espacio democrático. Los espacios de suspensión ya no se hallan ni dentro ni fuera de la ciudad: representan una especie de tercer espacio en cuyo interior es recluido un número creciente de individuos.
Convocados por una necesidad superior de seguridad, los espacios en suspenso pueden ser considerados como verdaderas formas de control espacial y social. Vuelven a emerger siempre que entre en crisis la relación entre espacio territorial y población. No es por casualidad que aparecieron por primera vez en el contexto colonial, como un instrumento para gobernar las poblaciones autóctonas; después, en Europa, en el momento de la caída del orden espacial imperial; y finalmente en nuestros días, en que el lazo territorio-Estado-población entra de nuevo en crisis bajo la acción disgregadora de migraciones, economía y comunicación global. Convocados como medio excepcional para preservar el orden establecido, como medida necesaria para hacer frente a situaciones extraordinarias (migraciones, guerras, terrorismo), con el tiempo se convierten en formas permanentes de gobierno. Siguiendo la hipótesis arendtiana según la cual la verdadera finalidad del campo es la producción de ciudadanos sometidos al poder, los espacios de suspensión pueden ser considerados como el medio a través del cual el poder «gobierna» la población.5


Los espacios de suspensión son el territorio del que echar al extranjero, lugares confinados y suspendidos en el interior del ordenamiento espacial y social del que deberían formar parte: emergency temporary locations, temporary protected areas, zones d’attente, centri di permanenza temporanea, lugares que Federico Rahola define lúcidamente como «zonas definitivamente temporales»: «La impresión es que la temporalidad a la que los campos aluden idealmente como (y es algo muy distinto) la provisionalidad a la que obligan materialmente provoca un cortocircuito total con su indefinida persistencia en el tiempo y su generalizada difusión en la superficie aparentemente lisa de un mundo que hoy parece definitivamente “uno” (pero la unidad del cual continúa siendo puesta en tela de juicio por desigualdades enormes, por desequilibrios flagrantes, por una explotación incesante) y restablece enteramente el carácter político de la frontera que ratifican.»6
Las zonas temporales, pues, parecen oscilar continuamente entre control y libertad, entre dominio y resistencia. Es una vieja lucha que ve oponerse por una parte el intento de conquista de espacios de libertad y, por otro lado, el poder que siempre busca invadir todos los espacios. Resulta difícil decir si nacen primero las zonas libres que el poder intenta ocupar o bien si nacen primero las estructuras de poder a las que los hombres intentan contraponer formas de resistencia. Lo que sí es seguro es que hoy en día ambas formas utilizan la temporalidad más como instrumento de control que de resistencia.

Conclusiones
A mí me parece que, hoy, el «discurso sobre la temporalidad» ha emprendido por lo menos dos caminos distintos. Por una parte hay quien intenta invertir de nuevo la relación entre dominio y resistencia a favor de esta última. Uno de los numerosos experimentos de este tipo es el concepto de temporary autonomous zones,7 un lugar liberado, donde la verticalidad del poder es sustituida espontáneamente por redes horizontales de relaciones invisibles y fugaces, islas autónomas que mantienen contactos entre si, actualizando antiguos modelos de los piratas del siglo xviii aplicados a varios experimentos de comunidades utópicas antiguas y recientes. La Black Rock City, el Burning Man Festival, es una temporary autonomous zone anual que reúne a más de 45.000 personas. Construida en el desierto, al final del acontecimiento se desmantela completamente. En ella está prohibida toda forma de comercio, sus habitantes llevan todo lo que pueden necesitar y al marcharse no dejan ningún rastro de su paso, en un gesto de clara denuncia del consumismo de la ciudad formal norteamericana.8
Por otro lado, existen estrategias y prácticas más oportunistas y menos ideológicas. Zonas temporales que nacen aprovechando algunas condiciones particulares, como las zonas de frontera en que el espacio y el tiempo abolidos dejan emerger nuevos paisajes, como los formados por los camiones temporalmente abandonados en la frontera entre Italia y Eslovenia9 o bien como los walking restaurants de Hanoi, en Vietnam,10 restaurantes parásito en plena calle, abiertos las veinticuatro horas del día, que ocupan el espacio provisionalmente, y hacen nacer nuevos puntos de encuentro. También se dan otras estrategias de pura supervivencia, como los asentamientos de tiendas azules de los sin-techo de Tokyo,11 o los coches dormitorio en Milán,12 campamentos temporales de personas sin residencia fija.
Ciertamente, estos dos caminos no siempre son tan divergentes. Las personas que viven en los cementerios de El Cairo13 en el fondo ponen en práctica soluciones que son impuestas principalmente por la necesidad, por su espíritu de adaptación, pero también es verdad que hacen entrar en crisis el modelo racional de ciudad y, precisamente por ello, proponen un modelo político implícito.

Probablemente nuestra tarea es la de saber ver estos lugares y hablar de ellos. ¿Pero es eso suficiente? ¿Cómo podemos construir finalmente una post it city que escape al control, a la institucionalización, una ciudad que, en último extremo, se sepa reinventar continuamente? O bien, por el contrario, si el poder ya ha ocupado definitivamente las prácticas temporales, ¿no es quizá la ocasión, para quien esté interesado en las nuevas formas de espacios y de vida, de hacer frente al poder a cara descubierta y volver a empezar a trabajar el concepto de permanencia, de monumento y de estabilidad?

1. Banausenhausen, de Manuela Schininà con la colaboración de Paloma Merchán Taribo, 2007.
2. Jarmark Europa, de Matteo Ghidoni y Katarzyna Teodorczuk, 2007.
3. El término italiano, centri di permanenza temporanei (‘centros de permanencia temporales’), sí incluye una paradoja o contradicción de términos. (N. de la t.)
4. Agamben, Giorgio, Homo Sacer, Pre-textos, Valencia 1998.
5. Para un tratamiento más extenso de los espacios en suspenso en la ciudad contemporánea, véase: Petti, Alessandro, Arcipelaghi e enclave. Arcthitettura dell’ordinamento spaziale contemporaneo, Bruno Mondadori, Turín 2007.
6. Rahola, Federico, Zone definitivamente temporanee, I luoghi dell’umanità in eccesso. Ombre Corte, Verona 2003, p. 19.
7. Bey, Hakim, T.A.Z.: The Temporary Autonomous Zone, Autonomedia, Nueva York 1991.
8. Do and Undo, de Ilaria Mazzoleni, Martha Read y Roberto Zancan, 2007. Burning man Festival Temporary City, en el desierto de Nevada.
9. Movimenti di confine, de Isabella Sassi, 2006.
10. Streetfood Hanoi, de Pola + Alad, 2007.
11. Tokyo Voids, de Shiuan-Wen Chu y Ana Dzokic, 1999.
12. Old Wreck City, de Cecilia Pirovano y Federica Verona, 2007.
13. Informal Urbanism, de Sandi Hilal, Charlie Koolhaas y Alessandro Petti, 2006.

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