Post-it city. Ciudades ocasionales //
Martí Peran
El concepto de post-it city fue acuñado por Giovanni La Varra1 para designar «un dispositivo de funcionamiento de la ciudad contemporánea que concierne a las dinámicas de la vida colectiva fuera de los canales convencionales». Los fenómenos susceptibles de acogerse a esta suerte de microcategoría apuntan directamente a los modos de ocupación temporal del espacio público para distintas actividades (comerciales, lúdicas, sexuales, ) de un modo ajeno a las previsiones impuestas por los códigos políticos subyacentes al urbanismo. Sobre esta base, iniciamos este proyecto de investigación y de archivo interpretando el concepto de un modo conscientemente amplio2 convencidos de que, tras las situaciones post-it localizadas en contextos muy dispares, podrían desvelarse necesidades concretas que fracturan determinados contextos sociales y, al mismo tiempo, habilidades subjetivas en la tarea de reconquistar el espacio público frente a la presión institucional a la que está sometido. El resultado, abierto a distintas ampliaciones y correcciones, así lo confirma; pero el conjunto de materiales que aquí se recoge también pone de relieve distintos problemas y paradojas que afectan al talante general del proyecto. En este texto vamos a intentar reconocer estos problemas, así como a ordenarlos de tal modo que nuestra argumentación actúe como un primer balance autocrítico de toda esta aventura.
La reflexión que proponemos se organiza en dos episodios. En primer
lugar, trataremos de acentuar la evidente relación entre el concepto
post-it city y las distintas apelaciones al urbanismo informal como estrategia
de réplica a la ciudad planificada. El asunto es relativamente sencillo;
pero lo importante quizá consista en reconocer que esta apología
de la informalidad está estrechamente vinculada a las sociedades sobreorganizadas
y opulentas, y a su necesidad de encontrar modelos de prácticas antagonistas,
cuando no literalmente libres. En esta tesitura, habremos pues de calibrar
la verdadera dimensión política de los fenómenos post-it
en tanto que situaciones elocuentes de una subjetividad rebelde, pero, de
inmediato, se convierte en imperativa una nueva cuestión: la discutible
legitimidad de esta fascinación por lo informal cuando estos mismos
contextos sociales han multiplicado (y extendido) unas dinámicas de
exclusión y marginación que, muy a menudo, promueven ocupaciones
temporales del espacio público como mera alternativa de supervivencia;
dicho de otro modo, a la primera posibilidad de encumbrar la idea de post-it
city como posible modelo de unas prácticas subjetivas de renovado potencial
político, hay que añadir la obligación de analizar estas
mismas prácticas en su calidad de signo explícito de una precariedad
social. Todavía más escueto: asistimos a una progresiva y sigilosa
identificación entre la libertad y la marginalidad, de modo que es
ineludible idear mecanismos para rescatar a la primera y denunciar a la segunda.
La idea de post-it city no es más que una herramienta para ensayar
esta exigencia.
Post-it city como proyecto
El modelo del Estado del Bienestar, de patrón occidental y en creciente expansión a pesar de las evidentes fisuras que ha dejado al descubierto, se acompaña de la ilusión de la buena forma de la ciudad.3 Hay, en efecto, una estrecha correspondencia entre la conquista de una opulencia social de clase y la consiguiente preparación de su escenario natural en clave de ciudad planificada, ordenada y de falaz voluntad integradora. Este fenómeno ha sido reconocido y descrito con precisión en numerosas ocasiones; es, por ejemplo, la ciudad de cuarzo4 diseñada para asegurar una armónica ordenación del trabajo, el consumo y el recreo de la clase media como garante de una cristalina homogeneidad social y, cabe añadir, como renovado protocolo para alimentar la circulación infinita de mercancías que requiere la economía invasiva, la que utiliza los niveles de consumo como indicador central de sus supuestas cotas de progreso y bienestar. En esta coyuntura, el espacio público se hace depositario de las prerrogativas que, con anterioridad, afectaban a los círculos sociales privados y pudientes, es decir, se convierte en el territorio donde se excluye la acción espontánea en beneficio de la conducta esperada.5 Naturalmente, los urbanistas aupados a la condición de intelectuales orgánicos son los principales encargados de resolver la tarea, en primera instancia, mediante propuestas de planificación que resuelvan de antemano dónde se reside, dónde se produce, por dónde y cómo se circula, dónde se compra y dónde se juega; y si esta planificación se altera mediante acciones parasitarias sobre lo establecido, el comando del orden se traslada a las instancias políticas mediante presiones punitivas que devienen, muy a menudo, un ejercicio explícito de violencia legitimada en nombre del mismo orden público.
Richard Sennett, pionero analista de estas dinámicas, ha examinado
con inteligencia la absoluta vecindad que opera entre la precisión6
de las ciudades occidentales y su eficacia como instrumento de neutralización
de la subjetividad individual. La cuadrícula dibujada en los despachos
de los arquitectos y urbanistas acentúa la legibilidad del espacio,
pero esta misma naturaleza codificada del territorio urbano lo silencia como
espacio vívido reduciéndolo a la condición de espacio
disciplinado. Esta relación causa-efecto descansa, indiscutiblemente,
en la dimensión biopolítica del urbanismo, convertido en una
herramienta altamente eficaz para pautar y gobernar nuestras vidas en su más
elemental estructura: como cuerpos en el espacio. Pero en los análisis
de Sennett fiel a la tradición weberiana también
se acentúa un componente psicológico crucial para nuestra argumentación:
el mito de una comunidad homogénea y obediente tiene incluso un carácter
ritual, nutrido en una ética autorrepresiva, con el objeto de garantizar
la manutención de la comunidad purificada.7 La base de esta ecuación
consiste en una mistificación de la intimidad familiar el perímetro
de lo privado como lugar casi exclusivo para el desarrollo de los contactos
personales, relegando para el espacio público de la ciudad la función
de acotar un territorio de solidaridad cerrada y miedosa, absolutamente codificada,
ajena a una economía abierta del deseo y, sobre todo, hermética
frente a los avatares y las posibles experiencias que desplieguen complejidad
y desorden. El espacio público derivado de este sueño de felicidad
es, pues, un territorio delimitado por una suerte de barrera de precepto salvador
con consecuencias directas: la aniquilación de situaciones de confrontación
y exploración entre grupos particulares, la represión de todo
lo que aparezca con atisbos de discrepancia y la exigencia de una vigilancia
constante que garantice la monotonía comunitaria.
La raíz protestante de las sociedades opulentas las encierra así
en una actitud defensiva frente al conflicto, a costa de un ahogo explícito
de las libertades individuales; pero esta misma característica, perfectamente
visible en el dictado del primer capitalismo, todavía se agrava con
mayor intensidad en la era del llamado capitalismo cultural de hoy, instalado
en la tarea de la fabricación masiva de una subjetividad de laboratorio.
Si el capitalismo fordista estrangulaba la subjetividad individual cancelando
el deseo y el impulso aventurero para garantizar una comunidad cerrada, el
tardocapitalismo actúa con renovados mecanismos pero con la misma aspiración.
Ahora, el gobierno de la subjetividad ya no se resuelve sólo negando
su pertinencia pública, sino utilizando una esfera pública dominada
como escaparate de los patrones de subjetividad que han de animar el mercado.
El espacio público se ha convertido hoy no solo en el territorio de
la utopía purificadora, sino en el escenario publicitario y mediático
por el cual se canaliza una oferta de mercancías que diseñan
de antemano los modos personales de ser y los mecanismos públicos del
estar en la ciudad. El paisaje de las sociedades opulentas descritas por Sennett
declinaba un espacio público casi silencioso; a su vez, en el panorama
de las ciudades contemporáneas occidentales irrumpe un espacio público
aparentemente ruidoso, pero la estridencia permitida es la que procede exclusivamente
de los mensajes elaborados para el consumo. Ambos escenarios comparten la
negación de cualquier imprevisto que pudiera dislocar el guión
establecido, de modo que cualquier proyecto de réplica a esta imposición
exige, en mayor o menor grado, una apología del desorden capaz de generar
«una colección de situaciones sociales que debiliten el deseo
de una existencia controlada».8 Es sobre este axioma que hay que interpretar
la tradición crítica del urbanismo fascinado por lo informal,
de larga genealogía y en cuyo interior ha de ubicarse la misma idea
de post-it city.
El propio Giovanni La Varra, tras evocar el increíble aterrizaje del
joven Mathias Rust en la Plaza Roja de Moscú el 28 de mayo de 1987,
reconoce que el sustrato que permitió forjar la idea de Post-it city
es la línea continua que traza un evidente parentesco entre las sugerencias
situacionistas sobre el urbanismo unitario y las fiestas hippies en el Windsor
Great Park de Londres de mediados los años setenta.9 En ambos extremos
palpita la necesidad de una reacción frontal al espectáculo
y al consumismo de la sociedad opulenta que tanta literatura desencadenó
en aquel momento.10 Al fin y al cabo, se trataba de una exhibición
de desórdenes nutridos en lo que Sennett llamó un «modo
tolerable de usar la riqueza y abundancia de los tiempos modernos [como] promesa
de una mayor libertad personal y mayor conocimiento mutuo.11 Esta es la potencia
latente, en efecto, en las situaciones ideadas por Guy Debord: «un momento
de vida construida de forma concreta y deliberada para la organización
colectiva de un ambiente unitario y un juego de acontecimientos». El
impulso lúdico, efectivamente, se convirtió en un componente
fundamental para garantizar la eficacia de estas expectativas, por lo que
planeaba tras esta apología del acontecimiento una explícita
invitación a convertir la ciudad en una enorme cancha para toda suerte
de prácticas urbanas. De ahí la vecindad implícita entre
el détournement situacionista y las trazas dibujadas hoy por los skaters.
El problema, como veremos, reside en la limitación que esta perspectiva
conlleva para registrar fenómenos post-it arraigados en la marginación
social (los puestos móviles para la venta ambulante ilegal, los rincones
apropiados por los homeless y las prostitutas callejeras,
) y que, en
consecuencia, no pueden equipararse con esos otros gestos neosituacionistas,
de evidente naturaleza antagónica, pero anclados en el compromiso juvenil
y opulento por despertar y ejercer una libertad posible. Los mecanismos de
apropiación del espacio público en las ciudades contemporáneas
responden a dos dinámicas distintas que, aun no siendo excluyentes,
no exponen la misma problemática. Por una parte, hay prácticas
de disentimiento y, por otra, prácticas de supervivencia. Frente al
primer tipo de prácticas las emparentadas desde una perspectiva
amplia con la tradición situacionista el concepto de post-it
city puede actuar como una idea proyectiva; pero para las segundas, debe ser
un signo que otorgue visibilidad a los sibilinos nuevos formatos de racismo
y exclusión que, de algún modo, exigen un análisis más
vasto que el derivado del malestar.
La sugerencia de plantear la idea de post-it city como proyecto significa
reconocer y subrayar el potencial político de las situaciones construidas
como prácticas de disentimiento. Para decirlo de otro modo, de lo que
se trata es de desvelar la naturaleza micropolítica la no reproducción
de los modos dominantes de producción de subjetividad12 de las
poetizaciones elaboradas en el espacio urbano. El núcleo de esta posibilidad
reside pues, abiertamente, en la lectura de los gestos post-it de disentimiento
como noticias explícitas de una subjetividad regresada, cargada con
todas sus habilidades y capacidades. Frente a las dinámicas impuestas
por las que se diseña una subjetividad sin vida propia, las ocupaciones
temporales del espacio público ideadas desde el ingenio, el reciclaje
y la acción parasitaria denotan una subjetividad singularizada, puesta
en acto y dispuesta a instituir de forma autónoma un imaginario distinto
del hegemónico. Esta es la posible promesa de la idea de post-it city:
abolir la ilusión comunal como objetivo y enfocar la atención
en los mecanismos por los cuales la subjetividad aspira a una vida llena más
allá del perímetro privado de la intimidad romántica,
pero también más lejos del consenso comunitario. Ello convierte
a estas prácticas, casi de forma ineludible, en actos de sabotaje,
pero esta es precisamente su discreta semilla revolucionaria, según
la cual, gracias a este regreso poderoso de la subjetividad, esta podrá
fundar y articular sus propios mecanismos de sociabilidad. Hay una extensa
tradición en las ciencias sociales fascinadas por el desorden capitaneadas
por la Escuela de Chicago y por Michel de Certau que podríamos
reconocer como la base de esta lectura. Las nociones que se han puesto en
juego, con un talante absolutamente cercano a lo que ahora queremos reconocer
tras la idea de post-it city, son numerosas: La ciudad imprevista, la dialéctica
urbana, los furores urbanos, la ciudad practicada
,13 pero quizá
sea suficiente remitir a la conocida idea de heterotopía, formulada
por Michel Foucault y definida como ese tipo de contraemplazamiento donde
se produce una yuxtaposición de elementos inicialmente incompatibles
y se establece una ruptura del tiempo ordinario. La idea de post-it city comparte
las mismas características en calidad de ocupación inapropiada
del espacio y, sobre todo, por sus apariciones y desapariciones ingobernables.
En cualquier caso, lo más significativo ahora, en la voluntad de definir
el perfil proyectivo de la idea de post-it city, es que el paradigma de la
heterotopía lo identificó Foucault con una nave cargada de promesas
de aventura para sus corsarios.14
Post-it city como signo
Las intersecciones entre lo que distinguíamos como prácticas
de disentimiento y prácticas de supervivencia son muchas y muy ricas,
pero ello no permite identificarlas sin más. Los vendedores ambulantes
ilegales también están obligados a desplegar todo su ingenio
para sobrevivir en el espacio público, pero sería un sesgo excesivo
reducir su significación a esta habilidad. Para instalar la idea de
post-it city en una perspectiva capaz de consignar por igual a ambos tipos
de prácticas, es necesario ampliar el alcance del derecho a la ciudad15
más allá de la creación de un arte del vivir para dotarlo
también de la capacidad de analizar la precariedad de clase. Ya no
se trata solo de acertar a hallar en la superación del orden una vía
para canalizar una libertad sin necesidad, sino de dirigir esa misma práctica
hacia la desocultación de numerosas necesidades latentes. En esta última
tesitura es donde post-it city puede operar como signo.
La exigencia de adecuar la idea de post-it city a la condición de herramienta
para el desarrollo de una economía crítica de la precariedad
social obliga, en primera instancia, a reconocer la magnitud con la que las
ciudades contemporáneas han multiplicado sus códigos de exclusión.
El capital reconfigura constantemente el espacio para flexibilizar la localización
de activos y de recursos y, en el interior de esta dinámica, el escenario
general de la ciudad es sometido a una radical especialización que,
inevitablemente, provoca también una multiplicación de residuos
condenados al riesgo y la marginación. La ecuación es, al fin
y al cabo, bien sencilla: la progresiva conversión de la ciudad en
el escenario de un régimen de acumulación flexible,16 capaz
de adecuar el espacio a la plusvalía (por ejemplo, mediante procesos
de gentrificación), absorbe aquello que lo asimila y expulsa aquello
que lo estorba. La consecuencia es un incremento de la desigualdad, abandonada
como desecho o, en el mejor de los casos, gestionada como una amenaza. Es
el mismo proceso que explica las causas por las que el discurso supuestamente
democrático ha sustituido el objetivo de los derechos sociales y del
pleno empleo, por la apelación obsesiva a la vigilancia y al saneamiento
de la esfera pública. Frente a esta realidad, que disemina y multiplica
la miseria para muy diversos colectivos, el único recurso se traduce
en una temeraria ocupación del espacio público. En este contexto,
convertir la noción de post-it city en un signo comporta la doble tarea
de ofrecer visibilidad a esta problemática e interpretar sus prácticas
espaciales desde la legitimidad de lo apropiado.
La operación de dar visibilidad a la precariedad que subyace tras determinadas
ocupaciones del espacio público es harto problemática. El archivo
de casos que presentamos en este proyecto responde a la convicción
sobre lo pertinente de este gesto; pero ello no exime de considerar que, en
muchas ocasiones, es necesario mantener en la clandestinidad determinadas
prácticas para favorecer su delicada subsistencia. En cualquier caso,
hemos intentado aproximarnos al tema con la cautela suficiente para que la
visualización de determinadas situaciones, aun sin ponerlas en peligro,
permita abordar lo fundamental: la falacia que supone apelar a la diferencia
cultural para camuflar un problema que solo responde a una condición
de clase social. En efecto, los fenómenos post-it susceptibles de interpretarse
como prácticas de supervivencia (ya estén protagonizados por
la inmigración en las ciudades europeas, o por la comunidad boliviana
en Sao Paulo, la peruana en Santiago de Chile o la hispana en Los Angeles)
están estigmatizados por una retórica institucional que intenta
gestionarlos como consecuencia de un simple conflicto entre identidades culturales
distintas, sin reconocer que responden a una ordinaria jerarquía social
en la que, inevitablemente, el choque se produce entre intereses.17 Este tipo
de discurso ha triunfado paulatinamente gracias a la apelación a una
multiculturalidad que esconde la desigualdad tras una pátina de diferencias
culturales que, como tales, podrían incluso consumirse como exóticas
sin reparar en lo que padecen como simple producto de la subalternidad. Al
dar visibilidad a las ocupaciones espaciales de supervivencia, efectuando
un retrato completo, no de los rasgos exóticos de sus protagonistas,
sino de su obligación de idear mecanismos flexibles para permanecer
y sobrevivir en la ciudad, la literatura bondadosa sobre las curiosidades
de la pluralidad cultural se tambalea y se abre así a una interpretación
más acorde con su dimensión literalmente social.
La naturaleza social de determinadas ocupaciones temporales del espacio público,
rescatadas ya de su falsa lectura culturalista, permite interpretarlas desde
la perspectiva que las reconoce como ejercicio derivado de la necesidad; es
decir, la perspectiva que convierte este tipo de apropiaciones del espacio
en el acto de hacer escuetamente aquello que es apropiado.18 Si el capital
privatiza progresivamente el espacio público y las administraciones
lo gestionan como una propiedad excluyente, la precariedad social derivada
de este proceso está legitimada para apropiarse de los recodos que
todavía queden a su alcance para responder apropiadamente a sus más
imperiosas necesidades. Bajo esta consideración, quedaría pues
cuestionada la eficacia de los discursos reformistas clásicos que,
frente a la proliferación de actividades irregulares en el espacio
público, pretenden regularlas para favorecer así su incorporación
a la ciudad formal. Esto es lo que sucede con especial énfasis en las
ciudades latinoamericanas, en las que la magnitud de la economía callejera
alcanza unos niveles muy importantes,19 pero donde las tentativas de normalizarla
no hacen más que ahondar en la paradoja de obligar a cumplir las reglas
del juego a quienes, en buena parte, continúan privados de las condiciones
materiales que les habría de permitir jugar en igualdad de condiciones.
No es lícito obligar a la precariedad a comportarse adecuadamente en
el interior de un modelo social organizado a la sombra de la acumulación.
Si el espacio público tradicional invocaba una suerte de pacto entre
el interés privado y el bien común, la esfera pública
contemporánea está infectada por tal multiplicidad de exclusiones
que la desobediencia ya no puede considerarse ajena al juicio de lo justo.
Post-it city es un archivo de prácticas desobedientes, también,
en este estricto sentido.
1
la Varra, Giovanni, «Post-it city: los otros espacios públicos
de la ciudad europea», dins: diversos autors, Mutaciones, actar / arc
en rêve centre darchitecture, barcelona 2001, p. 426- 431.
2
Per a reconstruir la perspectiva amb la qual hem interpretat el concepte consulteu
els textos introductoris de www.ciutatsocasionals.net <http:// www.ciutatsocasionals.net/>;
així com els articles: Peran, Martí, «Ciutats ocasionals»,
Butlletí, núm. 12, CaSM, barcelona 2005 (també a SPAM_
arq 4, Santiago de Xile 2006, pp. 61-62) i Peran, Martí, «divergencias
latinoamericanas», summa+93, buenos aires 2008, p. 128.
3
lynch, Kevin, La buena forma de la ciudad, Gustavo Gili, barcelona 1980.
4davis, Mike, City of Quartz: Excavating the Future in Los Angeles, Vintage books, nova York 1992.
5
Vegeu a propòsit daquest procés històric arendt,
Hannah, La condición humana, Paidós, barcelona 1983, especialment
p. 50-52.
6
Sennett, richard, La conciencia del ojo, Versal, barcelona 1991.
7
Sennett, richard, Vida urbana e identidad personal, Península, barcelona
2001, especialment p. 67 i ss.
8
Sennett, richard, Ídem, p. 162.
9
Vegeu Arqueología Post-it city en http://www.ciutatsocasionals.net/
archivocastellano/arqueopostit/arch_postit.htm
10
el mateix any de la publicació de La Sociedad del espectáculo
(1967) de Guy débord, rauol Vaneigem editava el seu Traité de
savoir-vivre à
lusage des jeunes générations.
11
Sennett, richard, Ídem, p. 241 i 269.
12
Guattari, Félix i rolnik, Suely, Micropolítica. Cartografías
del deseo, Tinta limón / Traficantes de sueños, buenos aires
2005, p. 189.
13
Cottino, Paolo, La ciudad imprevista, bellaterra, barcelona 2005; Merrifield,
andy, Dialectical Urbanism, Monthly review Press, nova York
2002; dollé, Jean-Paul, Fureurs de ville, bernard Grasset, París
1991; delgado, Manuel, El animal público, anagrama, barcelona 1999.
14
«le navire, cest lhetérotopie par excellence. dans
les civilisations sans bateaux les rêves se tarissent, lespionage
y remplace laventure, et la police, les corsaires.» Foucault,
Michel, «des espaces autres. Hétérotopies», Dits
et écrits, I. 1954-1975, Gallimard, París 1984.
15
lefebvre, Henri, Espacio y política: El derecho a la ciudad, Península,
barcelona 1976.
16
Per reconstruir aquest procés, vegeu els treballs de Harvey, david,
especialment: La condición de la posmodernidad. Investigación
sobre
los orígenes del cambio cultural, amorrortu, buenos aires 1998.
17
Manuel delgado ha exposat aquesta qüestió amb una clarividència
especial en el context de barcelona (Elogi del vianant. Del «model Barcelona»
a la Barcelona real. edicions de 1984, barcelona 2005; «barcelona y
la diversidad», en diversos autors, Quórum, Institut de Cultura,
barcelona 2005, p. 253-257).
18
utilitzem el concepte des de la coneguda distinció marxista entre els
binomis propietat / privatització i apropiat / apropiació.
19
es pot consultar una anàlisi precisa del tema en els nombrosos documents
elaborats per Streetnet Internacional : www.streetnet.org.za.