Post it city. El último espacio público de la ciudad contemporánea //
Giovanni La Varra
Moscú, 28 de mayo de 1987
El chico vuela sin instrumentos, bajo, por encima de los tejados de la ciudad.
Ve a lo lejos las cúpulas y los muros del palacio que está buscando.
Reduce la velocidad y se coloca en posición. El Cessna 172B aterriza
en el alba de Moscú a pocos metros de los muros del Kremlin. En el
silencio de la plaza Roja, observado por los perplejos guardias rojos.
Es el 28 de mayo de 1987, un año después de Chernóbil,
dos años antes de la caída del muro.
Mathias Rust, un estudiante de Berlín y piloto aficionado de diecinueve
años, ha salido pocas horas antes de Helsinki con el objetivo de aterrizar
en la Plaza Roja de Moscú: es un vuelo de demostración, un ingenuo
y arriesgado mensaje de paz y de unificación del este y el oeste, en
los últimos años de la guerra fría.
La aventura de Rust resulta, a tantos años de distancia si bien
oscurecida por un nuevo y poderoso imaginario de la invasión aérea
del espacio urbano-, un punto de vista interesante para considerar la ciudad
y el espacio público.
A una escala completamente diferente, en nuestras ciudades, es como si cada
día aterrizasen muchos pequeños Cessna que continuamente nos
dicen que el espacio público ha cambiado de naturaleza, que una plaza
puede ser un aeropuerto, que un aparcamiento puede ser una plaza, que un terreno
abandonado puede resultar acogedor.
En otras palabras, que hoy día el espacio público es, aun antes
que un ámbito codificado, un conjunto de comportamientos que cristalizan
en un lugar que no tiene necesariamente una naturaleza jurídica pública,
aunque tenga la capacidad de ofrecer, a sus habitantes potenciales, el marco
para un acto de compartir colectivo, si bien temporal.
La acción de Rust, al tiempo que denigra la ideología, es también
una transformación temporal del espacio público; es como si
en su acción ambas cosas fuesen indiscernibles.
El gesto de Rust, probablemente sin que él fuera consciente de ello,
fue sutilmente revolucionario. Gorbachov no pudo hacer más que encerrarlo
veinte meses en prisión, hasta que terminó enviándolo
de regreso a Berlín con su familia, pero mientras tanto cesó
a algunos miles de generales y militares.
El último espacio público
El espacio público de la ciudad contemporánea no está
donde creemos que está. O, mejor dicho, no está solo allí.
También se encuentra en otra parte, lejos de los lugares hipercodificados
del consumo y del ocio, lejos de las plazas monumentales decoradas para un
turismo presuroso, lejos de los pocos espacios públicos que aún
se construyen, pero sin ganas, sin creer de verdad en ellos, con la conciencia
de que no son lo que necesitamos encontrar.
Una nueva red cambiante, mudable, ocasional de espacios utilizados
colectivamente se extiende por la ciudad como una filigrana. Son espacios
residuales que se activan sobre la base de la presencia simultánea
de uno o más grupos humanos que los ocupan y proyectan en ellos un
sentido colectivo, parcial, débil. Son espacios no defendidos por ningún
proyecto. Y es en esta nueva red de espacios donde se despliega un proyecto
innovador, promovido colectivamente, no institucionalizado.
Como un texto lleno de post-it, la ciudad contemporánea está
ocupada temporalmente por comportamientos que no dejan rastro como tampoco
lo dejan los post-it en los libros, que aparecen y desaparecen de modo
recurrente, que tienen sus formas de comunicación y de atracción
pero que cada vez resultan más difíciles de ignorar.
En la nueva dimensión urbana de redes amplias, el espacio público
tradicional siempre es vago, anacrónico, a menudo no utilizado. La
ciudad contemporánea ha construido sus espacios edificados mediante
la elaboración de nuevas tipologías y nuevos tejidos patrones
infinitos de casas unifamiliares, verdaderas ciudades de naves industriales,
enormes cajas que compactan dieciocho esquemas cinematográficos, parques
temáticos falsamente medievales pero no ha tenido para el espacio
público la misma creatividad ni la misma desenvoltura.
Sin embargo, ha tenido lugar una reacción, el espacio urbano hoy es
el palimpsesto de una continua experimentación de modos de vida en
público. Lo que nace no son nuevos espacios públicos, sino nuevas
dimensiones de vida y relación en público. Y el espacio ocupado
por estos fenómenos rara vez es «público» en un
sentido estricto, es el espacio de enclaves infraestructurales, de recintos
industriales abandonados, de aparcamientos inutilizados, de terrain vague
de diversa naturaleza. Hoy, por la ciudad vagan espacios públicos errantes,
que rozan los espacios públicos tradicionales, nacen, echan raíces,
mueren y renacen en otra parte.
Post-it city es este texto errante por la ciudad, una forma de subrayar, esconder,
resaltar el texto original, para darle un aspecto temporal, hacer adaptaciones
rápidas, ligeras. Es un proyecto público nuevo, de una multitud
que no conocemos todavía, el conjunto de exigencias imprevisibles pero
que encuentran espacio, construyen nuevos vínculos, establecen vagas
relaciones de identidad con los lugares que ocupan, y después los liberan
para ocupar otros.
Qué se aprende mirando Post-it city
Aparentemente, tres cosas. La primera tiene que ver con los materiales con
los que se han construido los post-it. A menudo son materiales «sostenibles»,
desechos, sobras, residuos, objetos abandonados que se recuperan para un nuevo
uso, inventos espaciales que optimizan inversiones en las infraestructuras
urbanas. Las tecnologías y las técnicas del espacio tiempo post-it
son pobres, implican siempre una inversión directa en la obra por parte
de los que finalmente vivirán en él, son manufacturas autoconstruidas,
ligeras, desmontables y que se pueden volver a montar, portátiles,
modulares, dotadas de una estética eficiente y estrictamente funcionalista.
Son materiales que tienden a la invisibilidad, que se mimetizan con nuestras
ciudades, cada vez más llenas de objetos inútiles y molestos.
El horizonte de una utilización sostenible de los recursos parece conducir
a dos escenarios aparentemente irreconciliables. En el futuro necesitaremos
conjugar tecnologías inteligentes y «populares», las primeras
basadas en fuertes inversiones en proyectos e investigación, y las
segundas reactivadas por un saber hacer que en nuestras ciudades a menudo
es rescatado y vuelto a poner en circulación por las nuevas poblaciones
que recorren a una creatividad «extranjera» y que les permite
adaptarse a vivir, comerciar, desplazarse y trabajar construyendo a menudo
los materiales necesarios para su supervivencia. Dotadas ambas, las tecnologías
inteligentes y las pobres, de un carácter de sostenibilidad, asedian
a las ordinarias y «modernas» que aún predominan y a cuya
crisis, que parece definitiva, comenzamos a asistir.
El camino de una convivencia entre los recursos disponibles y nuestra forma
de consumirlos pasa dejando a un lado las enormes inversiones que hay
que hacer en investigación, inteligencia y experimentación-
también por la reactivación de algunas formas tradicionales
de construir, mantener y ultimar-lo todo, sobre la marcha, sin dejar rastro.
En segundo lugar, las nuevas formas de uso temporal del espacio nos enseñan
a observar desde un punto de vista diferente los proyectos y los planes de
transformaciones urbanas a la luz de sus capacidades de asumir la temporalidad
en su interior. La invitación es para invertir el punto de vista desde
el cual arquitectos y urbanistas se sitúan respeto de las formas de
utilización temporal del espacio urbano. La cuestión no es tanto
cómo es posible intervenir sin modificar ni obstaculizar las dinámicas
en curso, sino más bien pensar en espacios que puedan adoptar formas
distintas a las exclusivas para las que han sido concebidos. La idea de que
un aparcamiento se convierta en un espacio público y compartido, que
un espacio infraestructural se convierta en un mercado, que un terrain vague
sea un jardín es una calidad ulterior y activa del espacio urbano.
Post-it city se convierte en un sensor de una calidad urbana latente, de un
espacio «abierto» a dinámicas diferentes y no invasivas.
Donde aterriza un post-it hay una señal de acogida, de promiscuidad,
de intercambio, de una fértil tensión entre previsión
y uso. Es una señal urbana por excelencia, de una ciudad que vive,
que se piensa y se proyecta, que hace autocrítica y encuentra soluciones
porque conserva una capacidad de volverse a imaginar a sí misma.
En tercer y último lugar, los espacios post-it ponen al descubierto
unas relaciones en público, unas formas de habitación, unas
estructuras de intercambio y de comercio que sorprenden porque nos hablan,
en la materialidad del espacio, de una comunidad que inventa un lenguaje.
Cada post-it desarrolla un argot diferente, un sistema de códigos difíciles
de decodificar. En estos lugares hay implícita una experimentación
de formas de socialidad nuevas, ya abiertas ya cerradas, inclusivas o exclusivas,
que dan lugar a un laboratorio de socialidad difuso, débil pero que
de forma incesante se transforma y se plasma según las ocasiones y
las oportunidades. Esta masa de minorías, cada una con su código,
con sus costumbres, con formas diversas de atribución de valor y de
sentido al espacio, son el horizonte social de esta ciudad que crece.