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Arquitectura subversiva //
Robert Kronenburg

El espacio no regulado en los entornos urbanos densos es precioso. El río Kamagawa, que discurre a través del centro de Kyoto, posee amplios márgenes ajardinados que los habitantes de la ciudad utilizan como espacio colectivo informal. En ambas orillas de este curso de agua ancho pero poco profundo y rápido, existen senderos para peatones y ciclistas que descienden hasta el nivel del agua, lejos del tráfico, a pesar de que a veces están saturados por el barato y omnipresente medio de transporte personal de Kyoto, miles de bicicletas ilegalmente aparcadas.


La orilla del río acoge muchas actividades informales, que se practican por placer o por necesidad. Si hace buen tiempo, por las tardes, entre sus numerosos usuarios se pueden encontrar estudiantes de la escuela de música de la parte de la ciudad que queda río arriba, practicando con el ruido de fondo del río, para no molestar a los vecinos poco comprensivos en esta ciudad japonesa típicamente densa. De noche, los espacios públicos próximos a los bares y las discotecas se convierten en puntos de encuentro informal para los jóvenes –que beben y fuman entre el petardeo de las motocicletas, cuyos faros proporcionan la principal fuente de iluminación–. También se dan actividades más formales –en otoño, el festival anual de clubes de la ciudad se celebra a orillas del río–. Los visitantes pueden practicar ellos mismos los arreglos florales, la caligrafía o la confección de cometas (y el despegue de éstas). Una ciudad efímera, de construcciones provisionales hechas de tiendas de plástico montadas en estructuras de madera o aluminio, proporciona un núcleo a cuyo alrededor desarrollar actividades ad hoc.Sin embargo, aquí también hay más edificios móviles permanentemente alojados. Al lado de los senderos de la orilla, generalmente arracimados alrededor o debajo de los puentes de la carretera, se pueden encontrar, a intervalos regulares, unas estructuras rectangulares. Como los edificios oficiales, estos también están hechos a base de estructuras de madera y revestidos con plástico, con la diferencia de que estos son ilegales: son las casas de aquellos a quienes las necesidades económicas han forzado a vivir al margen del modelo de vida urbana habitual, casas construidas por ellos mismos. No tienen permiso para erigirse allí, pero en un país donde a uno le pueden poner una multa para aparcar la bicicleta en un lugar inadecuado, las autoridades japonesas son asombrosamente tolerantes con su existencia.


Quizá una de las razones sea que estos refugios no son monstruosidades improvisadas y hacinadas, sino estructuras hechas con cuidado, bien diseñadas y construidas. Son creados por sus habitantes teniendo en cuenta el clima y la ubicación –los elevan sobre plataformas para evitar la humedad y proporcionarles ventilación, utilizando abrigos naturales del paisaje urbano–. Una estructura de madera a base de palés reciclados o cajas de embalaje forma el esqueleto básico a cuyo alrededor se sujetan o enganchan planchas de cartón, para revestir el esqueleto y proporcionar calor solar. En lo alto se coloca una barata cubierta de plástico, a menudo una lona azul, con ollaos ya hechos para que pueda ser atada con cuerdas y cordeles a la estructura –el cordel se emplea porque resulta fácil de encontrar, pero también porque es más resistente a la humedad que la cinta adhesiva. Estas construcciones poseen muchos de los atributos psicológicos de una casa convencional –todas tienen un «patio» ante el umbral para guardar paraguas, herramientas de trabajo y utensilios domésticos. Las hay que tienen un lugar para los animales de compañía (peces pescados en el río), y un lugar seguro donde guardar el medio de transporte de sus moradores (la bicicleta). Estas viviendas no oficiales pertenecen a la tradición de artesanía de alta calidad que es parte integral de la cultura nipona, y, con la reutilización y el reciclaje de materiales abandonados que practican, se puede argumentar que su presencia es un ejemplo visible, si bien no envidiable, de un modo de vida sostenible y de bajo impacto.
Salvo si se buscan específicamente, las intervenciones urbanas de este tipo pueden pasar desapercibidas con facilidad. Ello forma parte de la estrategia de sus constructores –si son demasiado audaces, las autoridades los pueden echar del lugar–. Pero también se puede argumentar que esta arquitectura subversiva tiene detrás poderosos conceptos de diseño, porque aunque no sea obvio a primera vista, de hecho puede enriquecer el entorno urbano. Son construcciones que en un principio son ignoradas, pero una vez están establecidas pueden tener una gran influencia en cómo la gente percibe y entiende la ciudad. En ocasiones son ilegales, o por lo menos en la frontera de lo que se puede hacer sin permiso. Otras veces, asombrosamente, son del todo oficiales –pero no obstante se saltan todas las normas sobre dónde y qué se puede construir–.


La arquitectura subversiva puede ser efímera, móvil o camuflada –a veces las tres cosas a un tiempo–. La arquitectura efímera puede ser minimalista, como los refugios de Kamagawa, pero también puede ser asombrosamente sustancial. «Temporal» y por consiguiente «permanente» en términos arquitectónicos son valores relativos. Mucha gente puede considerar que la Sagrada Familia de Gaudí en Barcelona es permanente, pero comparada con las pirámides, tiene una existencia muy breve. La legislación sobre la construcción pone límites a las edificaciones efímeras, por ejemplo: una semana, treinta días, la temporada de verano. A menudo, algunos clientes listos y sus arquitectos pueden recurrir a la misma estrategia que utilizan los constructores ilegales para obtener la aceptación oficial para un proyecto controvertido: erigir edificios con permisos «temporales» en la esperanza (o la creencia) de que el proyecto se podrá «ajustar» a la categoría de permanente tarde o temprano. Se trata de una estrategia útil, y también democrática, ya que este cambio sólo puede tener lugar si el edificio ha conquistado la aceptación general por parte del público. Si no, la gente se queja en voz tan alta y clara que el gobierno de la ciudad tiene que tomar nota y decretar la desaparición del proyecto. De este modo, los diseños poco comunes o vanguardistas pueden ponerse a prueba y resultar aceptados en situaciones en las que normalmente no serían tenidos en cuenta.1
La arquitectura móvil puede obtener beneficios semejantes a los de los proyectos efímeros. Tendemos a pensar en la arquitectura como en una disciplina pesada y estática, cuando todas las funciones que cumplen los edificios convencionales pueden ser cumplidas y son cumplidas también por las construcciones móviles. Todas las facetas de la actividad humana, la vivienda, la educación, la medicina, el comercio, la manufactura han tenido sus propias construcciones móviles, diseñadas específicamente para funcionar a falta de una localización permanente. La economía y la necesidad llevan a la solución de un edificio móvil porque, en arquitectura, el coste del emplazamiento casi siempre es una consideración importante. Instalar un restaurante tipo chiringuito de fideos soba en medio de una densa isla de tráfico en el centro de Tokyo permite sacar partido al lugar durante el horario óptimo (el comercial) y ahorrarse los inconvenientes del alquiler y los impuestos debidos al propietario. De cara al cliente, proporciona un servicio conveniente y económico, pero también inyecta vitalidad y actividad a la calle para quienes viven en la ciudad. Con los adecuados controles de sanidad, seguridad y gasto energético, la arquitectura itinerante contribuye enormemente a crear un ambiente urbano lleno de vida.


Como los problemas derivados de la construcción de estructuras móviles más ambiciosas son complejos, a menudo recurren a soluciones innovadoras que utilizan nuevas formas y técnicas arquitectónicas. Pueden crear un contraste muy acusado en su situación cuando se emplazan muy cerca de núcleos históricos o con un carácter muy marcado –a menudo en localizaciones donde habitualmente el diseño contemporáneo no sería permitido–. Por esta razón, proporcionan vívidos ejemplos reales de cómo la innovación puede ser una alternativa apropiada a las soluciones más conservadoras.
La innovación también puede resultar de la necesidad de hacer un mejor uso de un recurso disponible. Los contenedores de barco resultan casi carentes de valor en Occidente cuando llegan cargados de productos manufacturados de China, Corea y Taiwan, y después se convierten en un engorro, ya que hay pocas mercancías para enviarlos de nuevo al punto de partida. También son objetos anónimos que tienen las dimensiones adecuadas para convertirse en una pequeña vivienda, y por lo tanto los contenedores han establecido las bases para los edificios tanto oficiales como no oficiales. Las oficinas desmontables y las naves almacén son los clásicos ejemplos de reciclaje comercial, pero los proyectos de los arquitectos y diseñadores LOT-EK establecidos en Nueva York revelan el potencial de una reutilización más inventiva. En sus diseños han utilizado contenedores de barco de acero, reconvertidos en una instalación artística, una tienda, una galería, y también como viviendas, tanto en versión estática como transportable. La Unidad de Vivienda Móvil (Mobile Dwelling Unit, MDU) se sirve de la infraestructura habitual de transporte de contenedores: utiliza camiones de gran tonelaje, trenes y barcos, para hacer posible un hogar desplazable.2 La unidad es transportada como un contenedor de barco anónimo, con partes que se extraen cuando llega a su destino, para configurar un espacio para vivir práctico y cuidadosamente diseñado. Los proyectos de contenedor de LOT-EK siempre conservan la pintura exterior con su aspecto industrial originario –que consideran una parte importante de su identidad, su forma de pertenecer a un contexto urbano, pero también una conexión visual con su historia como objeto reciclado, utilizado con otro fin–.


Quizá la forma más provocativa de arquitectura subversiva sea el camuflaje (construcciones u objetos que simulan ser algo que no son). El ejemplo más paradigmático podría ser una furgoneta aparcada de noche en una calle de cualquier ciudad, que se ha convertido en un espacio para vivir. Sin embargo, también se pueden erigir estructuras constructivas haciéndose pasar por «oficiales», disfrazadas de objetos o construcciones comunes en ambientes urbanos a los que las autoridades locales han otorgado el estatuto de «aprobados». Por ejemplo, las obras tienen a su alrededor un amplio abanico de estructuras efímeras remolcables, andamios y contenedores de escombros que pueden ser potencialmente adoptados y adaptados para ser empleados como casas, tiendas, oficinas y espacios de performance y juego.
El diseñador y artista Santiago Cirugeda crea edificios y objetos de esta tipo. Ha desarrollado una serie de estrategias que subvierten la legislación oficial y el control para imprimir dinamismo a la vida urbana con aportaciones informales, que van desde lo claramente efímero hasta lo transitorio y permanente. Por ejemplo, para su proyecto en curso Refugio urbano (Urban Refuge) utiliza permisos temporales para crear instalaciones más permanentes, por ejemplo logrando un permiso para montar andamios para hacer obras de rehabilitación o mantenimiento y después ocupando la nueva estructura como un anexo al edificio. Otro de sus proyectos es el llamado Reservas urbanas (Urban Reserves). En éste utiliza el permiso concedido para instalar un contenedor de escombros para crear un nuevo recurso público, por ejemplo una zona de esparcimiento, una sala de lectura, una caseta de información, un espacio de exhibición, o un miniteatro. Superficialmente, la estructura parece un contenedor, pero se transforma para su nuevo uso a demanda. Con mucha sensatez, sugiere que los constructores de refugios urbanos erijan sus nuevas estructuras de modo que parezcan estructuras comerciales para evitar ser confundidas con empresas de alquiler. Sus proyectos más sofisticados han sido viviendas y oficinas temporales, que, construidas en un solar vacío, han tenido que contratar a los vecinos los suministros de agua y electricidad. Los edificios no son legales, pero tampoco son del todo ilegales. El objetivo no es arrebatar la tierra sino utilizarla temporalmente, mientras no se haga uso de ella.


La arquitectura subversiva no sólo se salta las reglas sino que las desafía y, de este modo, hace que nos cuestionemos lo que las reglas pretenden lograr. Responde a necesidades, y generalmente está disponible muy a prisa para ser utilizada. Asimismo, casi nunca es invasiva –no requiere grandes cambios en el entorno para poder existir y ser funcional–. También puede ser una forma catalítica de desarrollo –la utilización no oficial de determinados espacios llama la atención sobre el valor de estos espacios y conduce a inversiones y mejoras más formalizadas–. Cuando los promotores «oficiales» entran en escena, la arquitectura subversiva hace mutis por el foro, para buscar la siguiente oportunidad. Esta arquitectura es una herramienta esencial para mucha gente que simplemente busca una solución a sus problemas, que pueden ser extremos –la arquitectura no oficial puede ser la frontera entre una vida confortable y la pobreza, o incluso entre la vida y la muerte. Dado que generalmente tiene que ser asequible, a menudo se basa en materiales económicos y reciclados. Esta arquitectura puede tener una riqueza y una vitalidad que proporcionan una lección convincente sobre todo lo que se puede lograr con muy poco en cuanto a recursos se refiere. Esta cualidad es reconocida por los diseñadores profesionales, que recurren a ella como un modo de resolver problemas difíciles en situaciones delicadas, para hacer retroceder los límites de lo que la arquitectura es capaz de hacer, y para provocar cambios en el entorno. La existencia de la arquitectura subversiva plantea una duda interesante: ¿de qué es capaz la arquitectura que no esté haciendo ya? El hecho de que tanta gente de todo el mundo dependa de ella y esté tan hondamente comprometida con su práctica sugiere que es un poderoso movimiento de arquitectura underground que puede aportar algunas respuestas.3

1
Per aprofundir en aquest aspecte vegeu Kronenburg, robert, Flexible: Architecture that Responds to Change, laurence King, londres 2007.
Traducció al castellà: Flexible: arquitectura que integra el cambio, art blume, barcelona 2007.

2
Per a una anàlisi detallada de les Mdu, vegeu Kronenburg, robert, «lOTeK: Mobility, Materiality, Identity», dins Scoates, C. (ed.), LOT-EK: Mobile Dwelling Unit, daP Publishing, nova York 2003.

3
aquest text s’ha desenvolupat a partir d’idees exposades en la contribució de l’autor al diari 2wice, «How to Construct and argument -
architecture in the Margins of the City», vol. 9, núm. 2, nova York 2006.