APROPIACIONES INAPROPIADAS -
Usos insolentes del espacio público en Barcelona //
Manuel Delgado
¿Qué cabe entender por espacio público? De entrada, espacio público podría ser una forma de referirnos a los espacios colectivos de una trama urbana: calle, plaza, vestíbulo, andén, playa, parque..., entornos abiertos y accesibles sin excepción en que todos los presentes miran y se dan a mirar unos a otros, en que se producen todo tipo de agenciamientos, unos microscópicos, otros tumultuosos; a veces armoniosos, a veces polémicos. Ese espacio sólo existe como resultado de los transcursos que no dejan de atravesarlo y agitarlo y que, haciéndolo, lo dotan de valor tanto práctico como simbólico. En tanto espacio de todos, no podría ser objeto de posesión, pero sí de apropiación. Apropiarse de una cosa no es poseerla, sino reconocerla como propia, en el sentido de apropiada, es decir apta o adecuada para algo. Por ello al menos conceptualmente la calle o la plaza, en tanto que espacios públicos, no pueden conocer sino usuarios, es decir, individuos que se apropian de ellas en tanto que las usan y sólo mientras lo hacen. Ahora bien, ese principio de libre accesibilidad, del que depende la realización de la naturaleza de ese espacio en tanto que público, se ve matizado en la medida en que quienes se arrogan su titularidad la Administración, que entiende lo público como lo que le pertenece puede considerar inaceptables e inadecuados es decir inapropiados ciertos usos que no se adecuan a sus expectativas de modelación de lo que deberían ser los escenarios sociales por excelencia.
Eso tiene que ver, a su vez, con otras acepciones de la categoría espacio
público. Así, para el urbanismo oficial, espacio público
remite a un vacío entre construcciones que hay que llenar de forma
adecuada a los objetivos de promotores y autoridades, que suelen ser los mismos,
por cierto. En este caso, se trata de una comarca sobre la que intervenir
y que intervenir, un ámbito que organizar en orden a que quede garantizada
la buena fluidez entre puntos, los usos adecuados, los significados deseables,
un espacio aseado y bien peinado que deberá servir para que las construcciones-negocio
o los edificios oficiales frente a los que se extiende vean garantizada la
previsibilidad de sus apropiaciones. No en vano la noción de espacio
público se puso de moda entre los planificadores sobre todo a partir
de las grandes iniciativas de reconversión de centros urbanos, como
una contribución teórica al objetivo de hacerlas apetecibles
para la especulación, el turismo y las demandas institucionales en
materia de legitimidad.
En paralelo a esa idea de espacio público como complemento sosegado
para los grandes festines urbanísticos, hemos visto prodigarse otro
discurso también centrado en ese mismo concepto, pero de más
amplio espectro. En este caso, el espacio público pasa a concebirse
como la realización de un valor ideológico, lugar en que se
materializan diversas categorías abstractas como democracia, ciudadanía,
convivencia, civismo, consenso y otras supersticiones políticas contemporáneas,
proscenio en que se desearía ver deslizarse una ordenada masa de seres
libres e iguales, que, inmaculados, emplean ese espacio para ir y venir de
trabajar o de consumir y que, en sus ratos libres, pasean despreocupados por
un paraíso de cortesía. Por descontado que en ese territorio
cualquier presencia indeseable es rápidamente exorcizada y corresponde
expulsar a cualquier ser humano que no sea capaz de mostrar modales de clase
media.
Ni la promoción publicitaria ni la proliferación de «espacios
de calidad» significaron la pacificación de unas calles a las
que no les quedaba más remedio que ser escenario de las nuevas y viejas
formas de miseria urbana, de una inclinación al desacato casi vernáculo
en Barcelona o de las inevitables expresiones de desbarajuste que la vida
urbana no puede dejar de producir. Y fue así que en lugar de la amable
arcadia de civilidad y civismo en que debía haberse convertido la ciudad
según lo planeado, lo que se mantuvo a flote, en la superficie, a la
vista de todos, fueron las pruebas de que la desigualdad, la exclusión,
la anomia e incluso la violencia continuaban siendo ingredientes consustanciales
a la existencia de una gran ciudad capitalista. No se pudieron disimular bolsas
crecientes de ingobernabilidad, nutridas por las nuevas «clases peligrosas»,
aquellas que el nuevo higienismo social, como el del siglo xix, clama por
ver neutralizadas, expulsadas o sometidas a toda costa: los jóvenes
insumisos, los drogadictos, las prostitutas, los mendigos, los inmigrantes.
La decepción de las expectativas de constituir una ciudad en que se
escenificaba el triunfo final de las clases medias, el espectáculo
de un desastre social que no hacía sino intensificarse, era lo que
escandalizaba a unos segmentos sociales que veían que su sueño
de recuperar Barcelona para su utopía civil se desvanecía, al
tiempo que peligraban las perspectivas abiertas para la promoción inmobiliaria,
comercial y turística de la ciudad.
La situación era inaceptable y era indispensable una actuación
enérgica que «limpiara» los exteriores urbanos de presencias
y conductas inconvenientes y que lo hiciera por la vía normativa y
policial. Fue ese clima de «ley y orden» lo que llevó a
las autoridades municipales barcelonesas a la aprobación urgente de
una legislación especial que se presentó en el otoño
de 2005: la «Ordenanza de medidas para fomentar y garantizar la convivencia
ciudadanas en el espacio público de Barcelona», destinada a «preservar
el espacio público como un lugar de convivencia y civismo», pomposidad
retórica que servía para disimular el establecimiento de un
estado de excepción o incluso de un toque de queda para los sectores
más estigmatizados de la sociedad.
Se trataba de generar un auténtico entorno intimidatorio con los sectores
más vulnerables y más ya habitualmente vulnerados de la población.
Todo ello con la función de disciplinar esa vida pública en
la que no había sido posible mantener a raya las expresiones de desafecto
e ingobernabilidad, ni de camuflar la pobreza y la marginación social.
Las mismas autoridades que hacían la vista gorda, protegían
o protagonizaban actuaciones urbanísticas o inmobiliarias depredadoras
y destructivas casi siempre del todo legales se ensañaban
con «la práctica de juegos en el espacio público»,
«limpiarse o bañarse en las fuentes», «utilizar los
bancos públicos para usos diferentes a los indicados»... El resultado
de lo que no era otra cosa que una versión posmoderna de la franquista
Ley de vagos y maleantes no podía ser más significativo de quienes
consideran nuestras autoridades que son los enemigos públicos números
uno del ciudadano. En un documento interno de enero de 2007, la Guardia Urbana
informaba que las denuncias recibidas desde el momento de aplicación
de la Ordenanza, un año antes, aumentaron de 60 a 838 por lo que respecta
a «actividades que adoptan la forma de mendicidad», de 83 a 4.280
por «servicios sexuales», de 350 a 10.340 en el apartado de «pintadas
y carteles», de 312 a 8.369 en el de «consumo de bebidas alcohólicas»
y de 256 a 17.334 en el de «venta ambulante».
Así, en Barcelona, la población de mendigos sin techo se ha
mantenido estable en las últimas décadas, como expresión
de los que se da en llamar nueva pobreza urbana. Según los datos del
Anuari Estadístic de Barcelona 2006, se ha venido produciendo un aumento
constante en el número de personas atendidas por la asistencia social,
que aquel año fue de 2.874 usuarios. A los sin techo «tradicionales»
se le han venido a añadir los procedentes de la inmigración.
Las personas inmigradas atendidas por los servicios sociales municipales habían
pasado de 1.796 en 1997 a 6.430 en 2001. Se trata de personas recién
llegadas a Barcelona, que no cuentan con parientes o amigos en condiciones
de prestarles albergue. Tampoco pueden acceder a un establecimiento hotelero,
en primer lugar, porque el Plan de usos de Ciutat Vella de 1988 llevó
a la desaparición a más de doscientas pensiones asequibles,
que ofrecían más de cuatro mil camas en el centro urbano de
Barcelona. Las pocas pensiones que han sobrevivido están orientadas
al turismo de recursos escasos y joven, y sus precios resultan prohibitivos
para los inmigrantes pobres. Además, estos establecimientos tampoco
les son accesibles por su propia condición de «ilegales».
Tampoco tienen acceso a los albergues municipales, que, para atenderlos, les
exigen estar empadronados.
Por todo ello, el último recurso es dormir en la calle, como homeless
provisionales, pero hacerlo formando auténticos asentamientos colectivos
que alivien la desprotección a que se verían sometidos durmiendo
solos, a merced de los ataques de gamberros o skins o de las incursiones de
la policía. Se generan entonces auténticos campamentos de inmigrantes
que pueden apropiarse de espacios abandonados, como ocurrió durante
meses y hasta febrero de 2003, en que fueron desalojados con los
cuatrocientos inmigrantes que habían improvisado un verdadero poblado
en los antiguos cuarteles militares de Torres i Bages, en el barrio de Sant
Andreu. Otros asentamientos parecidos se levantaban en los antiguos terrenos
de Renfe en La Sagrera, en el Pont del Treball, en el mismo escenario de lo
que había sido uno de los barrios de barracas más importantes
de Barcelona: La Perona. Son familias enteras de chilenos, georgianos, búlgaros
y también españoles pobres. La organización solidaria
no impidió que la policía llevara a cabo razzias, como la que
causó la detención el 14 de diciembre de 2002 de cuarenta y
cuatro personas en el asentamiento de Sant Andreu, acusadas de estancia ilegal
en el país. La operación fue presentada como un «control
rutinario de documentación». Más tarde, en los primeros
días de 2007, una actuación parecida se produjo en las viviendas
abandonas del complejo industrial de Can Fabra, también en Sant Andreu,
de donde fueron expulsados algunos detenidos sus ocupantes: sesenta
y nueve personas veinte de ellas niños y niñas de
ocho nacionalidades.
El caso más espectacular y más emblemático de los producidos
en Barcelona por este tipo de campamentos de inmigrantes sin papeles se conoció
en un amplio periodo, entre enero de 1999 y agosto de 2001. Lo protagonizaron
unos ciento treinta senegaleses, gambianos, nigerianos y cameruneses, que
ocuparon uno de los rincones de la Plaza de Cataluña, en pleno centro
de la ciudad. En lo que se dio en llamar la black corner, estos inmigrantes
todos ellos varones mantenían un punto de reunión
permanente, que se convertía en dormitorio de noche. Descansaban en
los bancos de piedra, siempre sentados, porque la Guardia Urbana les prohibía
acostarse en nombre de las normativas municipales. Por las mañanas,
se aseaban en las fuentes públicas de la propia plaza. Todos esos inmigrantes
al raso fueron expulsados del centro de la ciudad y acabaron concentrándose
en la Plaza André Malraux, en el barrio de Fort Pienc, donde constituyeron
un campamento de casi dos centenares de personas. El 16 de agosto de 2001
la policía se abalanzaba por sorpresa sobre los acampados y capturaba
en una alucinante cacería que duró varias horas
a ciento sesenta de ellos, deteniéndolos, trasladándolos al
infame centro de detención de La Verneda y deportando finalmente a
un buen número de ellos.
Lo mismo valdría para las mujeres de las esquinas. La preocupación
de las autoridades por el problema de la prostitución y todas sus derivaciones
no se ha traducido en actuaciones de apoyo a esa forma específica de
explotación humana, sino a la persecución de sus víctimas.
En este caso, el agravio contra esas mujeres se multiplica cuando las afectadas
añaden a su estigma profesional el de ser inmigrantes. Entonces, el
abandono puede ser absoluto, incluso por parte de las asociaciones bienhechoras
de atención a los extranjeros desvalidos. Si en el caso de los inmigrantes
sin papeles detenidos en masa en la Plaza André Malraux se suscitó
un cierto movimiento de solidaridad, una operación similar, que tuvo
como víctimas poco después a casi una cincuentena de prostitutas
negroafricanas que trabajaban en la parte baja de las Ramblas, no motivó
ningún tipo de protesta y apenas fue recogido por la prensa. El espectacular
operativo policial para «limpiar» de putas la Ronda Sant Antoni
una madrugada de enero de 2006 implicó la detención y posterior
expulsión del país de decenas de ellas, la mayoría de
origen rumano.
Más allá de esas actuaciones concretas, las políticas
urbanísticas e inmobiliarias que están transformando el casco
antiguo de la ciudad consisten en justificar el cambio de nombre del propio
barrio. Conseguir que llegue a ser el Raval y deje de ser para siempre el
Barrio Chino pasa por ir cerrando uno a uno los locales que centraban en o
en torno suyo la prostitución de calle tradicional en Barcelona, ejercida
de forma creciente por inmigrantes de origen africano o euroriental. Obligándolas
a desaparecer de aquel entorno puesto en venta, se habría logrado al
mismo tiempo que esas mujeres entendieran de una vez por todas que la prostituta
autónoma que las hay y el chulo son personajes del pasado,
antiguallas que deben dejar paso al moderno empresariado de las industrias
cárnicas humanas, plenamente integrado en la lógica de las grandes
superficies y del trabajo en red. Curiosa forma esta de luchar contra la explotación
sexual la de asediar y castigar a las explotadas.
En realidad, los extranjeros pobres son, todo ellos, sistemáticamente
acusados de prácticas «incívicas». Ambas imágenes
suelen mezclarse en las denuncias por «incivismo» contra jóvenes
de otros países que se imaginan permanentemente borrachos o drogados,
ya sean nuevos nómadas los travellers, que viven de la venta
de artesanía o de la mendicidad o turistas pobres «de
mochila». En paralelo, los pakistaníes suelen ser vinculados
a la venta ilegal de cerveza. Los magrebíes y negroafricanos son desde
hace años asociados con el tráfico de drogas y la pequeña
delincuencia de calle; los latinoamericanos de rasgos amerindios peruanos,
bolivianos, ecuatorianos son sistemáticamente expulsados de las
parcelas de espacio público que convierten en lugares en los que jugar
al fútbol, merendar o simplemente charlar con los paisanos. Los dominicanos
son encontrados culpables de «hacer ruido» y escuchar la música
demasiado alta. A los inmigrantes de procedencia china se les reprocha sus
poco higiénicas conductas en el espacio público, sobre todo
por su supuesta costumbre de escupir en el suelo. La presencia de europeos
del Este incomoda por la asociación que el imaginario local establece
entre ellos y la delincuencia. En cambio, un grueso de comportamientos inaceptables
orinar en la calle, impedir el descanso de los vecinos, etc. está
protagonizado por jóvenes que ni son compendiados como problemáticos
ni por su radicalidad ni como inmigrantes, a pesar de ser de otras nacionalidades.
Se trata de turistas nada marginales ni pobres y de estudiantes procedentes
de países ricos, que conforman una nueva clase formada por jóvenes
endogámicos, que se mueve en ambientes de ocio casi exclusivo y que,
a pesar de la alta visibilización de sus conductas, casi nunca se hace
objeto de consideraciones negativas de «incivilidad».
Todo ello se vuelve a combinar en el discurso oficial con lo que el alcalde
Joan Clos llamó «fiestas ingobernables». Hace tiempo que
los espacios festivos no son capaces de cumplir con la misión que se
les tiene encomendada, que es la de constituirse en ámbitos felices
de cohesión social. Y es que la fiesta continúa siendo en Barcelona
lo que siempre ha sido, un territorio en que la condición crónicamente
problemática de la vida social encuentra una oportunidad para expresarse.
Es en ese orden de cosas que conviene recordar cómo la ciudad ha vivido
en los últimos años una creciente monitorización de las
actividades públicas, que sólo son autorizadas si son controlables
policialmente y resultan política o económicamente rentables.
Ese afán por controlar la actividad colectiva en exteriores urbanos
se ha traducido en acoso a todo lo que desborde los mapas mentales del Ayuntamiento.
Los intentos oficiales por celebrar de manera «cívica»
la Nochevieja han fracasado y, de hecho, a diferencia de lo que ocurre en
tantas ciudades, no existe ninguna convocatoria central para seguir las doce
campanadas del cambio de año. Los poderes municipales mantienen desde
hace décadas un contencioso con un Carnaval que se resiste a convertirse
en una fiesta de diseño más y, de hecho, también han
renunciado a mantener su celebración como acto festivo oficial. La
noche de San Juan una multitud innumerable agitándose en todas
direcciones o acumulándose en las playas ha acabado convirtiéndose
en una pesadilla para las autoridades. Fiestas de barrio como las de Sants
o Gràcia están siendo afrontadas como una cuestión de
orden público, puesto que no hay edición que no acarree disturbios,
algunos tan graves como los de 2005, con el resultado de un joven muerto.
Pero el llamado «aumento del incivismo» no es el resultado de
un excesivo índice de libertad, sino todo lo contrario. No puede desligarse
de una desconfianza frontal ante cualquier apropiación del espacio
público no fiscalizable o que no rinda beneficios y de la hostilidad
contra las puestas en escena de los descontentos que toda sociedad no puede
dejar de producir. Inmediatamente después de la aprobación de
la ordenanza municipal para disciplinar a la ciudadanía a principios
de 2006 se produjeron tres grandes estallidos de violencia colectiva,
el primero en marzo, como consecuencia de una convocatoria para beber en la
calle de manera masiva el llamado «botellón»,
que acabó con el barrio del Raval poco menos que en llamas, y otros
dos en mayo, con motivo de victorias del F.C. Barcelona. En octubre de 2006,
una protesta contra los planes inmobiliarios para el barrio de la Ribera acabó
con graves disturbios ante cabe decir más bien contra el
Macba, considerado simbólicamente «culpable» de los desmanes
urbanísticos cometidos en nombre de la «cultura». La gravedad
de los hechos provocó la suspensión de la cumbre europea de
ministros de vivienda que debía celebrarse en la ciudad pocas semanas
después. Por último, en noviembre de 2007, la expresión
de rabia de cientos de jóvenes contestatarios que se expresaban contra
el acoso de que eran víctimas por parte de la policía y los
grupos de extrema derecha, se tradujo en importantes enfrentamientos, incluyendo
el asedio a la sede de la Consejería de Interior del gobierno catalán.
En los últimos años, en efecto, se ha venido produciendo un
incesante asedio contra los movimientos de crítica radical del sistema
capitalista, que, desde el aparatoso desalojo del Cine Princesa en el otoño
de 1996 hasta finales del 2006, se había traducido en casi dos mil
detenciones de motivación política en Barcelona.
A todo lo expuesto hasta aquí cabría añadir toda la retahíla
de «impresentables», cuya presencia en la calle debe ser evitada
o sometida a control. Las mismas autoridades que se muestran complacientes
con la depredación capitalista de la ciudad, se muestran inflexibles
con cualquier expresión externa de fealdad, pobreza o injusticia, o
incluso de simple espontaneidad humana. Generadores de ruido o contaminadores
visuales mucho menos dañinos que otros, ven toleradas, protegidas e
incluso subvencionadas sus prácticas desfiguradoras de la ciudad porque
pagan impuestos o generan beneficios. En cambio, ninguna tolerancia no sólo
con las mujeres de las esquinas, los vagabundos, los inmigrantes, los mendigos,
los «radicales»..., sino también con los patinadores, los
skaters, los ciclistas, los vendedores ambulantes, los músicos y los
artistas callejeros, las estatuas vivientes..., cualquiera que sea sorprendido
viviendo de o en la calle o que no cuente con los preceptivos permisos para
ser libre. Todos ellos pasan a engrosar la lista de ciudadanos desviados o
indignos hacia los que desviar el malestar social y hacer culpables de los
males que sufre la ciudad. Lógica punitiva sorprendente por parte de
un gobierno de izquierdas, que en lugar de erradicar la pobreza la persigue.
He ahí la evidencia: lo que se da en llamar incivismo no es otra cosa
que la afloración de realidades sociales que se niegan a esconderse,
al tiempo que confirmación de que el desorden social o la creatividad
humana no han sido todavía derrotados por el virtuosismo y la «buena
educación» burguesa.