| Mapa de la disidencia sexual en Barcelona
Desde 2005 hemos investigado la utilización
del espacio público para usos íntimos y hemos constatado
diferentes usos de la ciudad para prácticas amatorias y sexuales.
La gente se apropia de la faceta pública de la ciudad, y utiliza
o modifica sus espacios y mobiliario para proporcionar una acogida temporal,
cobijo, y/o confort privado a estas interacciones.
En el espacio urbano ordinario, las definiciones sirven para pactar
los distintos usos públicos: áreas comerciales, zonas
de oficinas, zonas para las actividades de ocio, para el consumo, para
actividades turísticas. En la ciudad sexual, el espacio público
se transforma completamente; el espacio, la ciudad en si misma, es redefinida,
reprogramada, «pirateada» por sus usuarios, para reclamar
intimidad en microclimas cambiantes, donde determinadas «zonas»
de actividad sexual aceptada levantan fronteras temporales. Las parejas
buscan rincones para su intimidad en los bancos de los parques, o en
callejones escondidos. Las prostitutas encuentran su propio espacio
comercial, «escaparates» para captar la atención
de los transeúntes. Los doggers, que obtienen placer del hecho
de ser vistos, crean espectáculos sexuales al aire libre en escenarios
cambiantes; y los voyeurs son su audiencia que contempla el espectáculo.
El ligoteo tanto de homosexuales como de heterosexuales crea mercados
del sexo abiertos, donde los solitarios encuentran compañía
para una noche.
Todos tienen algo en común: la caducidad, una utilización
informal y temporal del espacio público como una analogía
de estructuras fijadas; el trazado, por un tiempo breve, de otro mapa
superpuesto a la ciudad estructurada en zonas; la redefinición
y la humanización del espacio urbano, ejerciendo micropolíticas
para responder a las necesidades humanas básicas.
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