Black Rock City, Burning Man

Una vez al año, en el transcurso de una semana, en el lecho de un lago desecado en un desierto del oeste de los Estados Unidos, se construye, partiendo de cero, una ciudad efímera para 45.000 personas para la celebración del Burning Man, ciudad que después es totalmente desmantelada. Una estructura urbana cada vez más sofisticada para acoger a una población que crece de año en año. El festival representa una postura crítica hacia el consumismo, puesto que en ella no está permitido el comercio. Los habitantes llevan consigo todo lo que necesitan y después se lo vuelven a llevar todo, siguiendo el principio de «no dejar ninguna huella». Después de haberla desmontado, no queda ninguna rastro de la ciudad, del mismo modo que tampoco existe nada permanente en el lugar –un paraje extremadamente inhóspito– que anticipe la construcción de la ciudad.
La ciudad tiene una estructura radial, que parte de la «playa», una amplia zona central de encuentro, consagrada a esculturas, instalaciones y un «templo». En el centro de la playa se erige una gran efigie de madera de un hombre, que es quemada al final de la semana. Sirve como dispositivo de orientación antes de hacerla arder en un espectáculo que constituye el ritual central del acontecimiento, y que revela la naturaleza transitoria de la ciudad. En su caos ordenado, Black Rock City instiga a la creatividad a través de las estructuras provisionales, los artefactos y las infraestructuras necesarias para la supervivencia en el inhóspito medio del desierto. Esta comunidad emergente y autoorganizada da apoyo y estimula la investigación de nuevas culturas contemporáneas; el crecimiento anual de su población da fe de su éxito.

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